sábado, 3 de abril de 2010

Clásico de barrio

La tarde era propicia. El clima era ideal para el juego. Al rededor del campo toda la barriada se acomodaba en improvisados asientos utilizando el tronco de un viejo árbol caído, cajones de plástico o ladrillos huérfanos de una construcción vecina.


Todos los años, el primer día del mes de mayo, se jugaba el clásico del barrio. Un partido de fútbol que decidía la suerte del lugar hasta el siguiente primero de mayo. La separación del barrio en dos equipos era una mera cuestión geográfica. Los que estaban al norte de la avenida constituían el equipo rojo y aquellos al sur el azul.


El partido fue el más parejo que se pueda recordar en la larga historia del barrio. Trabado en mitad de cancha y con poco trabajo para los arqueros ya que las pocas jugadas que lograban prosperar más allá del medio campo eran cortadas por los defensores que rápidamente devolvían la pelota el enmarañado mediocampo.


Faltan 10 minutos para el final la pelota, vaya a saber uno cómo, fue a parar a los pies de Artiza, el 9 de los azules. Un delantero muy veloz y habilidoso, de esos que ninguna defensa quiere enfrentar. La parcialidad azul se puso de pie al ver que su máximo goleador llevaba la pelota y sólo quedaba un defensor entre él y el arquero. Pero claro, en el vértigo de la jugada pocos pensaron que ése defensor no era ni mas ni menos que el Oso Gómez.


Gómez era camionero y medía 1,90 de alto y lo mismo de ancho. Famoso por su juego poco amigable y por ser un incansable provocador de lesiones en los rivales.


Artiza lo conocía bien y sabía que Gómez, dado su tamaño, era lento. Tiró la pelota larga por el costado de su rival y se lanzó en carrera sabiendo que el Oso no lo iba a poder alcanzar. Pero cuando quiso esquivar el 2 de los rojos una tremenda patada descalificadora lo hizo perder el equilibrio y le provocó una lesión en el tobillo que le impedía ponerse en pie nuevamente.


Una tarjeta roja hubiese sido lo más justo, pero es sabido que los matones cuentan con cierta impunidad en estos partidos barriales. El árbitro debe imponer justicia, pero no por eso va a poner en riesgo su integridad física frente a una bestia como Gómez. La mano le temblaba al mostrarle la tarjeta amarilla.


El técnico de los azules sintió que con la lesión de Artiza perdía su única posibilidad de gol. Ahora sólo quedaba cuidar su arco hasta que terminara el partido. Miró al banco y ahí estaba el Flaco Domínguez. Repartidor de la pizzería del barrio, delgado y sin grandes habilidades para el fútbol pero con suficiente velocidad como para anticipar a los rivales. Sabía que era el primer clásico del pibe, pero lo mandó a la cancha con la orden de quedarse en el fondo defendiendo el cero en el arco, pero Domínguez tenía sus sueños de grandeza como todo el que debuta en un clásico.


La salida de Artiza no cambió mucho el desarrollo del juego. Se seguía jugando en la mitad del campo y había peligro en ninguno de los arcos.


En la última jugada del partido el Flaco notó un hueco en la defensa rival y se mandó al ataque pidiendo el pase con la mano levantada. Un compañero lo vió y le puse un pase perfecto a los pies. Domínguez se perfiló hacia el arco pero al levantar la cabeza se dió cuenta que todavía tenía que pasar por el Oso que lo esperaba casi sonriente, como si la idea de quebrarle una pierna le produjese un placer único.


Decir que Domínguez vió su vida pasar frente a sus ojos en un segundo sería una exageración, pero si es cierto que vió la jugada en la que Artiza terminó desparramado por el suelo y sintió un nudo en el pecho.


Sabía que la única oportunidad de pasar era en velocidad como su compañero había intentado minutos antes. Se preguntó por cuál de los costados sería menos dolorosa la patada del central de los Rojos. Amagó con ir para un lado, amagó con ir por el otro y finalmente sin pensarlo, como si estuviese siguiendo las ordenes de una voz superior que le dictaba qué hacer, tiró la pelota por el medio, justo entre las piernas del Oso. Gómez tuvo reflejos para cerrar las piernas, pero no la velocidad para hacerlo a tiempo y cuando quiso darse cuenta Domínguez ya estaba pasando por su lado y aunque su cerebro dió las piernas no reaccionaron a tiempo para detenerlo.


Domínguez recogió el balón a espaldas de Gómez y mirando al arquero que salía desesperado a taparle el tiro se llenó los pulmones con un aire que ya empezaba a tener aroma a triunfo. Se acomodó y acarició la pelota con la cara interna del botín al palo más lejanos. El arquero quedó desairado y la lentamente la pelota, que parecía pedir permiso, se dirigió al arco.


Picó una vez y los corazones comenzaron a detenerse. Picó una segunda vez y alguna garganta ansiosa ya empezaba a gritar el gol. Finalmente la pelota acarició mansamente el poste y se fue al saque de arco.


El árbitro marcó el final del partido y cuando quisieron empezar con la definición por penales Domínguez ya no estaba.


Pasaron los años y el Flaco nunca más jugó un clásico del primero de mayo. Casi todos en el barrio se olvidaron ya de aquel partido, de la gran jugada de Domínguez y su desafortunado final. Sin embargo en las reuniones familiares nadie quiere sentarse con el Flaco que siempre cuenta la misma historia y en cada oportunidad inventa una explicación distinta para que la jugada no terminara en gol.

lunes, 1 de marzo de 2010

La aventura del conocimiento y el aprendizaje (Alejandro Dolina)

La velocidad nos ayuda a apurar los tragos amargos. Pero esto no significa que siempre debamos ser veloces. En los buenos momentos de la vida, más bien conviene demorarse.


Tal parece que para vivir sabiamente hay que tener más de una velocidad.


Premura en lo que molesta, lentitud en lo que es placentero.


Entre las cosas que parecen acelerarse figura -inexplicablemente- la adquisición de conocimientos.


En los últimos años han aparecido en nuestro medio numerosos institutos y establecimientos que enseñan cosas con toda rapidez: "....haga el bachillerato en 6 meses, vuélvase perito mercantil en 3 semanas, avívese de golpe en 5 días, alcance el doctorado en 10 minutos....."


Quizá se supriman algunos... detalles. ¿Qué detalles? Desconfío. Yo he pasado 7 años de mi vida en la escuela primaria, 5 en el colegio secundario y 4 en la universidad. Y a pesar de que he malgastado algunas horas tirando tinteros al aire, fumando en el baño o haciendo rimas chuscas.


Y no creo que ningún genio recorra en un ratito el camino que a mí me llevó decenios.


¿Por qué florecen estos apurones educativos? Quizá por el ansia de recompensa inmediata que tiene la gente. A nadie le gusta esperar. Todos quieren cosechar, aún sin haber sembrado. Es una lamentable característica que viene acompañando a los hombres desde hace milenios.


A causa de este sentimiento algunos se hacen chorros. Otros abandonan la ingeniería para levantar quiniela. Otros se resisten a leer las historietas que continúan en el próximo número. Por esta misma ansiedad es que tienen éxito las novelas cortas, los teleteatros unitarios, los copetines al paso, las "señoritas livianas", los concursos de cantores, los libros condensados, las máquinas de tejer, las licuadoras y en general, todo aquello que ahorre la espera y nos permita recibir mucho entregando poco.


Todos nosotros habremos conocido un número prodigioso de sujetos que quisieran ser ingenieros, pero no soportan las funciones trigonométricas. O que se mueren por tocar la guitarra, pero no están dispuestos a perder un segundo en el solfeo. O que le hubiera encantado leer a Dostoievsky, pero les parecen muy extensos sus libros.


Lo que en realidad quieren estos sujetos es disfrutar de los beneficios de cada una de esas actividades, sin pagar nada a cambio.


Quieren el prestigio y la guita que ganan los ingenieros, sin pasar por las fatigas del estudio. Quieren sorprender a sus amigos tocando "Desde el Alma" sin conocer la escala de si menor. Quieren darse aires de conocedores de literatura rusa sin haber abierto jamás un libro.


Tales actitudes no deben ser alentadas, me parece. Y sin embargo eso es precisamente lo que hacen los anuncios de los cursos acelerados de cualquier cosa.


Emprenda una carrera corta. Triunfe rápidamente.


Gane mucho "vento" sin esfuerzo ninguno.


No me gusta. No me gusta que se fomente el deseo de obtener mucho entregando poco. Y menos me gusta que se deje caer la idea de que el conocimiento es algo tedioso y poco deseable.


¡No señores: aprender es hermoso y lleva la vida entera!


El que verdaderamente tiene vocación de guitarrista jamás preguntará en cuanto tiempo alcanzará a acompañar la zamba de Vargas. "Nunca termina uno de aprender" reza un viejo y amable lugar común. Y es cierto, caballeros, es cierto.


Los cursos que no se dictan: Aquí conviene puntualizar algunas excepciones. No todas las disciplinas son de aprendizaje grato, y en alguna de ellas valdría la pena una aceleración. Hay cosas que deberían aprenderse en un instante. El olvido, sin ir más lejos. He conocido señores que han penado durante largos años tratando de olvidar a damas de poca monta (es un decir). Y he visto a muchos doctos varones darse a la bebida por culpa de señoritas que no valían ni el precio del primer Campari. Para esta gente sería bueno dictar cursos de olvido. "Olvide hoy, pague mañana". Así terminaríamos con tanta canalla inolvidable que anda dando vueltas por el alma de la buena gente.


Otro curso muy indicado sería el de humildad. Habitualmente se necesitan largas décadas de desengaños, frustraciones y fracasos para que un señor soberbio entienda que no es tan pícaro como él supone. Todos -el soberbio y sus víctimas- podrían ahorrarse centenares de episodios insoportables con un buen sistema de humillación instantánea.


Hay -además- cursos acelerados que tienen una efectividad probada a lo largo de los siglos. Tal es el caso de los "sistemas para enseñar lo que es bueno", "a respetar, quién es uno", etc.


Todos estos cursos comienzan con la frase "Yo te voy a enseñar" y terminan con un castañazo. Son rápidos, efectivos y terminantes.


Elogio de la ignorancia: Las carreras cortas y los cursillos que hemos venido denostando a lo largo de este opúsculo tienen su utilidad, no lo niego. Todos sabemos que hay muchos que han perdido el tren de la ilustración y no por negligencia. Todos tienen derecho a recuperar el tiempo perdido. Y la ignorancia es demasiado castigo para quienes tenían que laburar mientras uno estudiaba.


Pero los otros, los buscadores de éxito fácil y rápido, no merecen la preocupación de nadie. Todo tiene su costo y el que no quiere afrontarlo es un garronero de la vida.


De manera que aquel que no se sienta con ánimo de vivir la maravillosa aventura de aprender, es mejor que no aprenda.


Yo propongo a todos los amantes sinceros del conocimiento el establecimiento de cursos prolongadísimos, con anuncios en todos los periódicos y en las estaciones del subterráneo.


"Aprenda a tocar la flauta en 100 años".


"Aprenda a vivir durante toda la vida".


"Aprenda. No le prometemos nada, ni el éxito, ni la felicidad, ni el dinero. Ni siquiera la sabiduría. Tan solo los deliciosos sobresaltos del aprendizaje".