miércoles, 18 de febrero de 2009

La Reina de la Telebasura

Señor Director:


Hace tiempo que paulatinamente abandono la tóxica costumbre de ver televisión. De a poco comencé a filtrar los programas de la grilla televisiva que, a mi consideración, no hace más que contribuir a la desculturización de quien los mire. Actualmente me limito a ver películas y eventos deportivos, cuando encuentro alguno que me interese.


Pero si vamos a hablar de programas que aportan poco y nada a la cultura, no podemos evitar hablar de los reality shows, que tan en boga estuvieron en los últimos años. Y es justamente en la versión británica de Gran Hermano donde apareció la persona de la que quiero hablar.


Su nombre es Jade Goody y ganó notoriedad al insultar a una concursante de origen indio dentro de la casa.


Ahora Jade sufre un cancer que la tiene en jaque mate y le pronosticaron muy poco tiempo de vida. Con el fin de ayudar a su familia la reina de la televisión basura (como la apodaron luego de su participación en Gran Hermano) decidió vender los derechos de televisación de su casamiento y sus ultimos días de vida, incluido el entierro.


No me voy a detener en la discusión de si es moralmente correcto o no vender los derechos de televisación de dichos eventos. Lo que me preocupa al leer una noticia como esa es que si hay un canal dispuesto a pagar mas de 1 millón de euros por esos derechos quiere decir que existe una cantidad de televidentes suficientes para justificar semejante inversión.


La televisión basura nos está pudriendo el cerebro, y mientras mas podridos los cerebros más basura queremos. Un círculo vicioso demasiado tóxico.

jueves, 29 de enero de 2009

Ver la vida con un sólo ojo

La similitud de todas las personas originarias del este asiático es mundialmente reconocida. Pero años atrás había una señal inconfundible de que un turista era de origen japonés: la cámara de fotos.


Los nipones se caracterizaban por viajar alrededor del mundo, cámara en mano fotografiando cuanto se les cruzaba por el camino. Viendo la vida con un sólo ojo, y dejando el otro en la mirilla de la cámara para no perder la oportunidad de tener una buena toma.


Innumerables bromas y comentarios al respecto se han proferido sobre esta cuestión. Pero el tiempo les dio la razón, y con el avance de la tecnología y la aparición de las cámaras digitales todo el mundo fue copiando esta costumbre de inmortalizar cada momento.


Esta nueva costumbre de retratar cada cosa ha producido un nuevo síndrome en el que la gente no recuerda lo que ha vivido y tienen fotografías de momentos que no registran en su memoria, y al verlas nuevamente se preguntan porqué las habían tomado en primer lugar.


Así se les pasa la vida esperando el momento justo para la fotografía perfecta, en lugar de disfrutar las vivencias y guardar recuerdos de olores, sonidos y sensaciones que van mas allá de una mera imagen capturada por una lente fotográfica.


Piensan que la fotografía de un momento maravilloso les hará recordar lo maravilloso del momento años después, pero lo cierto es que gran cantidad de esas fotografías pasarán al olvido sin ser vistas nuevamente, y que otra gran parte nos producirán sensaciones que distarán notablemente de las sensaciones que podríamos haber tenido si hubiésemos disfrutado del momento en lugar de preocuparnos por inmortalizarlo. Es hora de abrir los ojos y darnos cuenta que nada es para siempre.


No dejemos que nuestro deseo de perdurar nos quite la oportunidad (y el derecho) de disfrutar cada momento.