martes, 23 de enero de 2007

De princesas y sapos

Había una vez una hermosa Princesa Rosa, que es algo así como el equivalente femenino del Principe Azul... aunque el término "Principe Azul" ya suena un poco afeminado, que vivía en un hermoso castillo blanco junto con sus padres: el Rey y la Reina (como no podía ser de otra manera).


La Princesa era hermosa. Tenía una larga cabellera rubia, pero rubia posta sin nada de agua oxigenada ni tinturas, que todos los días cepillaba y cuidaba celosamente. Shampoo Pantene y toda la huevada... nada de comprar shampoo suelto ni imitaciones baratas. La princesa, además, lucía un cuerpo esbelto caracterizado por pronunciadas curvas. Tenía una delantera que me río de la dupla Pelé y Zagallo en el mundial del '58 y una parte de atrás que cuando se paseaba por el castillo todos los guardias se daban vuelta para no perderse ni uno de sus pasos. Además se rumoreaba por los pasillos del castillo que la Princesa, a pesar de cuidar su flor para luego de casarse, estaba muy instruida en las artes del amor carnal y nadie dudaba de que dentro de ella esperaba una tigresa salvaje contando los días para desatar su furia sobre el afortunado mortal que la lleve a la cama. Se podría decir que la Princesa había entendido lo que el filósofo Rodrigo "El Potro" Bueno (que en paz descanse) quiso transmitir al cantar: "...en mi cama una cualquiera, loca o ramera, la gran reina del amor. Y en la calle una señora que ama y solo añora ser de todas, la mejor".


Desde muy pequeña la Princesa fue educada de la mejor manera. Sabía de protocolo y modales. Hablaba 3 idiomas (todos distintos), entendía de fútbol, era culta y muy inteligente. El Rey y la Reina estaban muy orgullosos de su hija.


Cuando la hermosa joven ya estaba en edad de merecer fueron muchos los coyotines que le arrimaron el bochin con la esperanza de poder clavar sus comillos en tan delicioso bocadito. Se presentaron pretendientes de todas las edades, de distintos estratos sociales, formas tamaños y gustos. Pero la Princesa sólo los rechazaba olímpicamente usando frases como "Te quiero sólo como un amigo", "El problema no sos vos, soy yo" ó "No hay química".


Un día la Reina conocío a un Principe que le encantó como novio para su hija. El muchacho en cuestión era hijo de la vecina de una prima lejana de la Reina. Tenía sólo un par de años más que la Princesa. De aspecto más que agradable, conocimiento amplio en todas las artes, educado, inteligente, buen cocinero, amante de los quehaceres domésticos y buen cuidador de niños. Cuando el Principe, inducido por la Reina, conoció a la Princesa se quedó maravillado ante tan extraordinaria vista, y mayor fue su asombro tras conversar con la joven y conocerla un poco mas. El Principe invitó a su nueva amada a pasear en su carruaje Audi deportivo 0 kilómetro, le compró flores y demostró estar a la altura de las espectativas tanto de la Princesa como de sus padres. Y la Princesa, viendose venir lo inevitable (cosechar el beso que crece en la penumbra, manito por acá y por allá, etc, etc, etc) hizo lo que le dictaba su corazón y pronunció las siguientes palabras: "No estoy lista para una relación así". El pobre y destruido Principe sin saber a qué relación se refería la Princesa, por que nunca le había propuesto nada, volvió para sus pagos sin poder entender qué era lo que había hecho mal. Ninguna mujer se había resistido a sus encantos antes y ahora, cuando por primera vez se sentía enamorado, le habían dejado el corazón con agujeritos.


El Rey y la Reina estaban preocupados. Tenían ganas de tener un nieto pellizcarle los cachetes, comprarle porquerías, hacerle preguntas de hondo contenido filosófico como "¿A quién querés más: al abuelo o a la abuela?" y romperle los kinotos todos los Domingos hasta que cumpla 34 años, y el que su hija haya rechazado al Principe, que era de buen muchacho, les hacía dudar de la sexualidad de su hija. El Rey había hasta pensado en aprobar la ley que permitía a parejas homosexuales adoptar hijos. Pero antes que el Rey pudiese firmar el papeleo sucedió lo inesperado: la Princesa se puso de novio.


Los Reyes querían saber quién era el elegido que, por fin, había logrado conquistar a su única hija. Las mujeres se preguntaban quién sería el apuesto y romántico muchacho que había superado al Principe y se había quedado con el corazón de la envidiada joven. Los hombres del reino maldecían el momento que el h*** de p*** ése se había cruzado en el camino de la blonda que les robaba sus sueños más hot haciendo comentarios como "Debe estar forrado en guita", "Con facha, guita y auto levanta cualquiera" ó "Seguro que la tiene ASÍ de grande". Pero por mucho tiempo la identidad del noviecito fue un misterio. Se encontraban en secreto y siempre lograban escapar de los paparazzis que buscaban la foto del año.


Un día la princesa anunció a sus padres que les presentaría al misterioso novio. La conmoción en el castilo fue indescriptible. Se preparó una cena prestando atención a todos los detalles. Entrada, plato fuerte, sopa y postre con un vaso de jugo y pan por $2,70, ¡una ganga!. Los trompetas sonaron anunciando la llegada del invitado. La alfombra roja se extendió a lo largo del largo saguan, las grandes puertas del castillo se abrieron y cuando todos esperaban la aparición de un robusto, fuerte y sexy hombre no encontraron más que a un pequeño, verde, sucio y oloroso sapo. Al unísono las mandíbulas cayeron al piso y las miradas desconcertadas escrutaban al anfibio que ni siquiera se había tomado la molestia de vestirse de traje y corbata. La Princesa la tomó en sus manos con todo el cariño del mundo y lo presentó a sus padres quienes no pudieron tocarlo porque les impresionaba mucho. La cena transcurrió en completo silencio y en un ambiente muy incómodo. Aunque la Princesa no se dió cuenta por que con sólo estar con su amado le alcanzaba.


Los días siguientes todo el reino hablaba del romance de la Princesa. Por la calle se escuchaban comentarios como "Qué tiene él que no tenga yo". Pero poco le importaba eso a la Princesa y no ocultaba sus sentimientos. Todos los días iba a visitar al sapito a su estanque, limpiaba un poco, acomodaba y hasta le cocinaba mientra él se hecaba a ver tele y tomar una cerveza. El pequeño y verde sujeto era como un Roviralta en 4 patas.


El sapito vivía en un sueño. La Princesa era todo lo que un batracio podía pedir. Le matenía el estanque limpio y ordenado, le cocinaba las comidas que a él le gustaban, no l omolestaba cuando estaba viendo tele y cuando el sapito quería salir con sus amigos ella nunca le decía nada, ni siquiera cuando llegaba después que había salido el sol completamente borracho y con rush en el cuello de la camisa. Era la mujer perfecta. La compañera que siempre había buscado. Tanto fue así que un día decidió pedirle que se casara con él y ella sin dudarlo aceptó.


Los Reyes se cayeron de cu** cuando se enteraron de la noticia. Pedían explicaciones pues no podían entender cómo la Princesa había decidido casarse con "ESO". La niña, que había leído muchos libros, les dijo que no se preocupasen, que ella había leído a algunos autores contemporaneos (es decir autores de cuentos de hadas) y aseguraban que los sapos se convertían en principes cuando eran besados por hermosas princesas. Los futuros suegros no estaban muy convencidos pero como eran padres muy modernos decidieron dejar que su hija se casase.


El día de la ceremonia fue esperado con gran espectativa. Las mujeres querían ver cómo la Princesa besaba un sapo y los hombres esperaban que un camión aplaste al novio antes de llegar al altar para poder consolar a la Princesa. Se levantaron apuestas clandestinas para ver el Sapo se iba a convertir en Principe luego de ser besado y si seguiría siendo un batracio anuro que la única alegría que le podría dar a la Princesa sería cuando ella le lama el lomo.


El casorio se desarrollo tal como estaba planeado, sin camiones que atropellasen al futuro marido. Cuando el cura preguntó si alguien conocía algún motivo por el cuál los novios no deberían casarse los padres de la Princesa se mordieron los labios para no hablar y finalmente llegó el momento que todos los apostadores habían soñado, el sacerdote dijo "Puede besar a la novia". Los instantes que el Sapo demoró en llegar hasta los labios de su flamante esposa fueron eternos. El tiempo y los corazones de los testigos oculares se detuvieron completamente y el osculo ocurrió. La habitación se llenó de luces, magia, fuegos artificiales y la escena parecía el final de Shrek. Cuando los efectos especiales se calmaron y todos pudieron ver se dieron cuenta que la Princesa tenía razón: un beso puede hacer magia. El Sapo estaba en su lugar y seguía siendo Sapo. La Princesa seguía en su lugar, pero ya no era más Princesa el beso la había convertido en Bruja.


Los años siguientes fueron un infierno para el Sapo y su esposa. Ella dejó de limpiar, ordenar y cocinar. Todo lo que antes no le molestaba ahora la sacaba de quicio. Él siguió siendo un holgazan vividor tal como había sido siempre, sólo que ahora s elo sacaban en cara. El estanque donde vivían estaba siempre sucio y desordenado. Los vecino llamaban seguido a la policia para quejarse de los ruidos que la pareja hacía al pelear. Entonces el Sapito recordo la sabiduría de quienes le decían "Nunca te cases, y menos con una mujer" y "Hombre que enviuda y se vuelve a casar no merecía enviudar".


Cuando la situación se volvió insostenible se divociaron y la Bruja (es Princesa) se quedó con la mitad del estanque y las pocas pertenencias del Sapito. El sapo siguió siendo un vago de mier**, pero ya nadie le decía nada y la Bruja empezó a ir al gimnasio intentando volver a ser la Princesa que alguna vez fue, pero los años no vienen solos y nunca lo logró.


Mujeres recuerden: los sapos siguen siendo sapos por mucho que los besen.


Hombres sepan: hasta la más rosa de las princesas destiñe con el tiempo.


5 comentarios:

Fede dijo...

Te cuento dentro de un par de años

Gonzalo dijo...

oia... ¿a que viene? ¿malos recuerdos?.
Definitivamente está bueno eso de cosas de una sola noche

Adrian dijo...

jeje, muy bueno che!

Anónimo dijo...
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Anónimo dijo...
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